El Baño de la Princesa
Los cuentos de hadas suelen acabar con la llegada de un príncipe encantador, montado en un caballo blanco y dispuesto a darle un beso de amor verdadero a la chica del cuento. Después se casan, viven felices y comen perdices. Es lo usual. Pero los cuentos de hadas, quizás por eso se llaman así, son fantasías, no son verdad.
Hace un tiempo (no muchos, muchos años como en los cuentos) yo conocí una princesa, pero de las de verdad. Ella nació en mi ciudad, en el hospital comarcal porque esto es el siglo XXI y el pueblo donde vive queda cerca del mío. Bueno, la verdad es que vive en la carretera pero es término municipal de un pueblo cercano.
Su madre es muy joven, extranjera, emigrante dicen algunos. Nos invitó a una amiga y a mí a venir a conocer a su nenita recién llegada.
Yo no la conocía y, la verdad, cuando mi amiga me llamó para que le acompañara he de decir que me resistí. ¡Yo estaba ocupada! No me venía bien en ese momento dejar mis obligaciones e ir de acompañante (y taxista, dicho sea de paso) a conocer el bebé de una chica que ni siquiera conocía.
El caso es que cuando mi amiga me llamó yo le dije que iba camino de asistir a la misa de campaña que organizan el día de los ángeles custodios, sus santos patrones, los cuerpos de seguridad y policía de mi ciudad. Este año se celebraba en el castillo y yo iba por primera vez. Acababa de saludar a los jefes, el de la policía local, el de la nacional y el de la guardia civil cuando mi amiga me llamó. Por el móvil. ¡Me encantan los móviles! Siempre suenan en el momento más oportuno y pareces hasta importante contestando y buscando mientras hablas un lugar un poco alejado para atender al hablante del otro lado.
“¿Sí? ¿Qué me cuentas guapa?” La otra ventaja de los móviles es que puedes saber quien es antes de contestar y quedar de lo más bien, pero hay que ir con cuidado con esto que a veces surgen sorpresas.
“Que tenemos entrada al club. ¿Me acompañas?”
“!¿Queee?! ¿Cuándo?”
“Ahora.”
“¿Ahora? ¡No puedo! Está a punto de empezar la misa y yo ya estoy en el castillo y…”
El silencio al otro lado se oía más fuerte que cualquier grito.
“¿Hola? ¿Estás ahí?” le pregunté.
“Si.” Dijo ella y nada más. Otro silencio.
“¿Y…quieres que vaya contigo?” Esto ya lo sabía. No sé ni porqué se lo pregunté.
“Si no hubiera querido no te hubiera llamado.” Así es ella. Concisa. Sus palabras y sus silencios hablan alto y claro.
“Vale, vale. Ya voy.” Me resigné. ¿Qué remedio me quedaba?
Me despedí de los que acababa de saludar con: “Una urgencia. Disculpad.” Y me fui caminito del castillo abajo con los tacones resbalando y el alma en la garganta. ¿A quien se le habrá ocurrido la idea de hacer misas de campaña en los castillos? A ninguna mujer por supuesto, porque nosotras, para estar elegantes, hemos de llevar tacones y si eso ya de por si es un sufrimiento, imagínate corriendo los adoquines milenario en planos inclinados en lo mas alto de la montaña! Y con prisas.
En el parking me esperaban mi amiga y una de las chicas. Subimos al coche y al poco rato aparcamos cerca de la puerta de atrás de la casa de la princesa, detrás de un muro. Más discreto.
Subimos al cuarto piso en un ascensor oxidado y con tembleques, puertas que chirriaban y grafitis. Si lo llego a saber subo andando.
Al abrir la puerta del ascensor el alma me cayó, de golpe, de la garganta (donde ya la llevaba hacía un rato) a los pies. Mi amiga se giró y me miró con ojos negros de profunda tristeza. Había una reja que encerraba con llave la boca del pasillo. Además, cada una de las puertas de los apartamentos de la planta cuarta tenía su propia reja cerrada. Hay una prisión de doble puerta camuflada tras un letrero de neón muy cerca de mi casa.
Tras llamar al timbre del pasillo la niña-madre salió con su bebé de tres semanas en brazos y nos abrió. Besos y presentaciones y:
“¿Cómo se llama?”
“Princesa.” Su madre le había puesto de nombre a su niña: Princesa.
La cogí en brazos. Tan pequeña. No pesaba aún los tres kilos. Me miraba a los ojos fijamente, sus pestañas largas, sus ojos redondos.
“¿La quieres cambiar?” Me preguntó su madre.
“Si, ¡claro!” Me encantan los bebés.
Pero cuando la fui a destapar vi que le hacía falta más que un simple cambio de pañal.
“¿Quieres que te la bañe?”
“! Si, por favor! Yo es que no me atrevo.” Dijo un poco avergonzada la niña-madre.
“Yo te enseño.” Le contesté
Así fue como me encontré arrodillada sobre una toalla, en medias y con tacones, dándole el primer baño de su vida a una pequeña princesa de verdad. Jamás me lo hubiera imaginado. Mientras la princesa disfrutaba de su baño, porque no solo no lloró sino que al tocar el agua todo su cuerpito se relajó con un suspiro, su madre filmaba el evento con su móvil. Otra ventaja.
“Para que la vea mi madre,” exclamó.
El cuarto de baño estaba lleno de mujeres. Mi amiga, la madre de la nena, la otra chica, yo… todo eran risas y exclamaciones, todas querían ver el baño de la princesa.
Hace poco tiempo que me he empezado a dar cuenta de la cantidad de mujeres que están atrapadas en las redes pegajosas del tráfico humano con fines de explotación sexual. Las llamamos prostitutas pero no lo son. Son mujeres prostituidas, víctimas de la pobreza extrema, del abuso, de la violencia.
La Princesita tiene una abuela en el país de origen de su madre, pero la mayoría no. La mayoría son huérfanas que ya antes de cumplir los 18 años han sido iniciadas en el “negocio” del sexo por unos “benefactores” que las sacan del orfanato para “des-institucionalizarlas” los fines de semana. Antes de devolverlas les regalan alguna cosa bonita como ropa o cosméticos.
¿Cómo no me había dado cuenta antes?
En mi ciudad no hay prostitución de calle, tampoco de club. Están escondidas tras las paredes pintadas de los chalés de lujo, en los apartamentos con vistas al mar, encerradas, atrapadas.
Es la extrema pobreza la que las (nos) hace vulnerables. Entre los pobres, las mas pobres son las mujeres. Muchas veces tienen (tenemos) dependientes, niños, padres ancianos a quien mantener. Las artimañas del engaño, las mentiras y traiciones con el cebo con el cual se atraen y atrapan a las mujeres, a las niñas, ingenuas, inocentes, desesperadas.
¿Hasta cuándo vamos a mirar hacia otro lado? Dice Isaías 61:1
“… me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos y a los presos apertura de la cárcel…”
Los cuentos de hadas son fantasías, no son verdad. La princesa de verdad ahora tiene ya dos meses. Vive cerca de mi casa, bien guardada tras las rejas, en el cuarto piso de un club de carretera.
Susana A. Mefford Pritchard

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